“Podrán
cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.” Pablo Neruda
Estoy harta de
escuchar a diario temas como la crisis, recortes, corrupción
política, tragedias y calamidades. Últimamente en los diversos
medios de comunicación solo abundan malas noticias, y, a veces, sus
trabajadores transmiten la información de un modo alarmista y
catastrofista. En consecuencia, los ciudadanos adoptan un punto de
vista pesimista acerca del futuro y tienden a creer que nada tiene
remedio, lo que les impulsa a quejarse con monotonía. ¿Pero es
preferible dejar que la desesperanza nos desanime o ver los problemas
como oportunidades para buscar soluciones? ¿Será cierto que toda
crisis lleva implícita oportunidades?
Existen situaciones
que los humanos entendemos como incontrolables, y, ante ellas,
podemos actuar de dos formas: perdiendo los ánimos y acabar tirando
la toalla o, por el contrario, aprender a aguantar basándonos en la
estrategia del optimismo. De las dos opciones considero que la
segunda produce efectos más eficaces que la primera. El escritor
colombiano Jorge González Moore dijo en una ocasión que el
optimismo soluciona la mitad de cada problema, pero es cierto que ser
optimista no es sinónimo de ser un iluso que viva a base de utopías
y quimeras que nunca se cumplirán.
No se trata de ser
felices ante los obstáculos más complejos, ni mucho menos cerrar
los ojos ante la realidad con la intención de evitar cualquier tipo
de sufrimiento u dolor o esperar que, de repente, aparezca una
milagrosa solución que cambie las cosas por completo. Lejos de todos
estos pensamientos irresponsables a la par que insensatos, tener un
estilo de vida fundamentado en el optimismo implica comprometerse a
aceptar responsabilidades e indagar con minuciosidad algún plan que
sirva para impulsar el cambio a mejor, reparando así los
contratiempos que se nos presenten.
Las malas etapas son
temporales, hay que recordar que ninguna dificultad permanece
eternamente. A modo de ilustración, es como un día caracterizado
por estar absolutamente nublado: aunque acaezcan momentos marcados
por la oscuridad, eso no quiere decir que el sol haya desaparecido,
sigue estando ahí escondido. Pero tarde o temprano, las nubes
terminarán desapareciendo y el sol volverá a iluminar el día. Por
eso, si ponemos nuestro empeño en averiguar las formas en las que
podemos encontrar una salida, en lugar de amargar nuestra existencia
con ideas desmoralizadoras, seremos conscientes de que los problemas
no tienen cabida en nuestro entorno, tan solo se tratan de pruebas
que hay que superar, de retos que pueden llegar a motivarnos.
¿De qué sirve
angustiarnos por las malas rachas y pensar que nunca más las cosas
podrán volver a la normalidad? Con ello solo logramos empeorar las
situaciones y crear, a menudo, más disgustos que los que ya teníamos
en un principio. En vez de afligirnos, veamos el lado bueno de las
cosas. Ante cualquier preocupación, te invito a sonreír cuantas
veces quieraa, prometo que yo pago la cuenta.
Loida Cabeza ©
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