Empezó a hacer frío en La Laguna, aunque no debería resultar extraño teniendo en cuenta que las cuatro estaciones que ahí existen es el
invierno y se rumorea que la niebla se va a empadronar. Yo no estaba en
mi mejor momento. Me di cuenta de la triste
realidad que nos rodea, de los disfraces que llevan puestos muchas personas los
365 días del año, de lo que verdaderamente significa el dolor y de las cosas
que realmente merecen nuestra importancia.
Nunca he sido de las personas que de
un año a otro se marcan un propósito. Lo veo estúpido. Promesas que no sabes si
cumplirás. Como ese individuo que cada 31 de diciembre afirma que no sólo se
apuntará al gimnasio, dará el paso de ir. O ese político que dice que cuando
alcance el poder luchará porque predomine en nuestra sociedad la paz y luego
pega a su hijo en un programa de radio. A lo largo de mi vida
sólo he sido capaz de hacer una promesa conmigo misma y mantenerla: no hacerme
nunca promesas. Porque las cosas cambian, el tiempo pasa y lo que pensaba ayer
es distinto a lo que pienso hoy. Por eso sólo trato de cumplir objetivos -a
corto y largo plazo-. Algunos los consigo hacer realidad, como eso de estar a
punto de acabar un grado universitario sin haber suspendido ni una sola
asignatura. O esa otra de haberme callado en las ocasiones en las que el silencio es
mejor que cualquier palabra. Sin embargo hay otras metas que por ahora no he
podido cumplir, como esa de sincerarme con una persona y decirle lo estúpida
que me parece su conducta y forma de pensar. O esa otra de coger un avión, no regresar a casa
nunca y desaparecer. Sea como sea, ese día yo sólo quise ponerme una meta que
estoy haciendo realidad desde hace tiempo y que intentaré seguir cumpliendo
hasta que me llegue la hora: jamás dejar de ser quien soy, ser fiel conmigo
misma.
El tiempo cambia para bien o para mal a las personas, pero lo que tengo
claro es que en ciertos aspectos siempre continuaré pensando de la misma
manera. Y no quiero convertirme en una de esas personas desgraciadas que tienen
lo que llamo una personalidad prostituta. Existe un chiste que se le atribuye
al maestro Groucho Marx y dice así: "Estos son mis principios. Si no
le gustan tengo otros". No hay que ser un erudito para entender lo que
significa. No quiero deshacerme de mis valores, de mis principios, de mi modo
de pensar. Tampoco quiero dejar de ser tan cabezota y no cometer errores,
porque al final de todo puede sacarse una lección. Realmente sería muy triste
ser como los demás quisieran que fuera. Hay individuos que le piden a los Reyes
Magos el último móvil que sale en el mercado cuando deberían pedir una
personalidad propia. La mía no es perfecta, pero al menos no se deja manipular
-y eso en este mundo repleto de títeres es algo que no cambiaría por nada-. Últimamente
he tenido mucho tiempo para pensar. Siempre llega un momento en el que hay que
sentarse con calma, mirar el pasado y aprender. Normalmente esos instantes en
mi caso suelen caer en los domingos. En mi última introspección encontré varias
cosas que me resultaron dignas de analizar, sólo destacaré cuatro:
1. Sigo siendo esa estúpida que todavía tiene fe en el ser humano. Sé desde hace ya un par de años que la gente no es como te gustaría que fuese. Que detrás de una sonrisa puede esconderse una dolorosa puñalada. Que a quien llamas amigo puede que otro día llames enemigo. Que la hipocresía es un defecto de fábrica en el hombre. Me sorprende haberme percatado de que mi subconsciente sigue traicionándome al hacerme fijarme en las virtudes de cada uno e ignorar los defectos. Y luego pasa lo que pasa: demuestran su verdadera identidad y caigo en una espiral de sentimientos que hacen que mi lado más misántropo quiera imponerse al filántropo.¿Cómo reaccionar ante esas situaciones? He llegado a la conclusión de que la mejor opción que tengo a mi alcance es no esperar nada de nadie. A veces ni me fío ni de mi propia sombra. Así que a partir de ayer voy a mi bola. Paso de hacer caso, camino con la ignorancia. Y si a mis oídos llegan rumores de que hablan mal de mí, pondré en mi cara una auténtica sonrisa. Porque no pretendo agradar a todos ni aspirar a ganarme el afecto de nadie, soy quien soy con mis fallos y aciertos. Y me da pena esa gente que malgasta el tiempo criticándome sin ser capaz de acercarse a mí, ya que si se tomase la molestia de preguntarme acerca de mis imperfecciones podría darle una larga lista con la cual deleitarse -es preferible antes de recurrir a mentiras-. He de confesar que ha habido algún que otro episodio en el que he pensado que lo mejor es que sea esa arisca que quieren que sea, pero me he dado cuenta de que no sería sano para mí. Del mismo modo que tampoco lo sería juzgar a todos por igual, razón por la que voy a seguir manteniendo mi fe en que existe un ser humano en el que aún merece la pena fiarse. Aunque puede que el día de mañana te demuestre que no debiste encontrarte con él.
1. Sigo siendo esa estúpida que todavía tiene fe en el ser humano. Sé desde hace ya un par de años que la gente no es como te gustaría que fuese. Que detrás de una sonrisa puede esconderse una dolorosa puñalada. Que a quien llamas amigo puede que otro día llames enemigo. Que la hipocresía es un defecto de fábrica en el hombre. Me sorprende haberme percatado de que mi subconsciente sigue traicionándome al hacerme fijarme en las virtudes de cada uno e ignorar los defectos. Y luego pasa lo que pasa: demuestran su verdadera identidad y caigo en una espiral de sentimientos que hacen que mi lado más misántropo quiera imponerse al filántropo.¿Cómo reaccionar ante esas situaciones? He llegado a la conclusión de que la mejor opción que tengo a mi alcance es no esperar nada de nadie. A veces ni me fío ni de mi propia sombra. Así que a partir de ayer voy a mi bola. Paso de hacer caso, camino con la ignorancia. Y si a mis oídos llegan rumores de que hablan mal de mí, pondré en mi cara una auténtica sonrisa. Porque no pretendo agradar a todos ni aspirar a ganarme el afecto de nadie, soy quien soy con mis fallos y aciertos. Y me da pena esa gente que malgasta el tiempo criticándome sin ser capaz de acercarse a mí, ya que si se tomase la molestia de preguntarme acerca de mis imperfecciones podría darle una larga lista con la cual deleitarse -es preferible antes de recurrir a mentiras-. He de confesar que ha habido algún que otro episodio en el que he pensado que lo mejor es que sea esa arisca que quieren que sea, pero me he dado cuenta de que no sería sano para mí. Del mismo modo que tampoco lo sería juzgar a todos por igual, razón por la que voy a seguir manteniendo mi fe en que existe un ser humano en el que aún merece la pena fiarse. Aunque puede que el día de mañana te demuestre que no debiste encontrarte con él.
2. Oye, que te quiero. ¿Cómo puede ser que me haya costado tanto decir esas dos simples palabras a lo largo de mi vida? Han tenido que acontecer sucesos desagradables para que me saliesen con espontaneidad y sinceridad. Me paso el día con personas a las que mil millones de "te quiero" en esta vida se quedarían cortos. Como a mi madre, que fue capaz de criarme sola y soportar todos esos momentos en los que pienso que estoy cabeza abajo en un mundo sin sentido. O mi hermana, aquella primera persona con la que hablé por teléfono cuando estaba tirada en medio de una carretera pensando que iba a morirme después de que un coche me atropellara. O a mi prima -segunda hermana-, fiel compañera de aventuras a la que Odiseo jamás le hubiera llegado a su altura. Podría seguir citando a personas a las que le debería regalar más "te quiero", ¿pero para qué hacerlo pudiendo decírselos personalmente?
3. No es difícil pedir perdón, lo complicado es perdonar. Hay heridas que el tiempo nunca curan -por mucho que algunos gurús sostengan lo contrario- y cicatrices que quedan grabadas en la piel para siempre. Inevitablemente hay huellas que quedan registradas en la mente y para tratar de resistirlas se pueden hacer dos cosas: afrontarlas o aprender a vivir con ellas. Yo coexisto con las dos alternativas. Pero he aprendido que cuando algo te impide avanzar fruto de lo que otro te haya hecho, lo preferible es perdonar de verdad. No eso de "perdona pero no olvides", al contrario, olvidar es lo primero que debes hacer si perdonas a pesar de la complejidad. Por ejemplo, no miento al decir que he tardado 18 años en perdonar a alguien, aquel que pensaba que estropeó la vida que en realidad debería haber vivido. Protagonicé momentos de odio, deseos y pensamientos negativos; pero sólo sirvieron para sacar ese lado oscuro que todos tenemos. A estas alturas esa persona jamás sabrá que le he perdonado, aunque nunca fue consciente de mi odio. Se lo intenté decir con una mirada cuando estaba agonizando en su lecho y más tarde en el velatorio cuando le veía mediante un cristal en el ataúd. Sé que ya no puede escucharme -si estuviera con vida tampoco lo haría, como de costumbre gracias a tu forma de ser narcisista y ególatra-, pero aún así le diré dos cosas que probablemente harían sangrar tus oídos de la rabia: te perdono -no soy como tú, sé reconocer mis errores- y gracias -porque he comprendido que si no hubieras cometido esas equivocaciones hoy mi vida no sería igual-. Desde que le perdoné con el corazón sentí una gran libertad, me quité un peso de encima, no he vuelto a tener pesadillas en las que aparece. Es muy satisfactorio perdonar cuando lo haces con hechos y no exclusivamente con palabras.Y existen tonterías que muchos consideran ofensas cuando son una mera antesala.
4. Reír y llorar. Me encanta una canción de dice textualmente que "la clave para ser realmente libre sea reír cuando puedas y llorar cuando lo necesites. Ser honesto con uno mismo, centrarse en lo importante y olvidarse del ruido. No obcecarse con los objetivos, tratar de relajarse y vivir algo más tranquilo." Y eso es lo que estoy haciendo. Por las circunstancias tuve que transformarme en un ser capaz de tragarse sus propias emociones en ocasiones en las que había gentío. Por ejemplo cuando tras el accidente que tuve permanecí en el hospital una eternidad: asimilé que tenía que tener una buena cara ante mis seres queridos para que ellos se sintieran bien, cuando en ambas partes éramos consciente de la delicada situación que vivíamos y yo no tenía fuerzas ni para caminar. Ya me da igual el lugar en el que me encuentre o que haya una muchedumbre rodeándome. Si me apetece llorar, pues lloro. Y si me río, pues me río. Tan sencillo como eso. Al fin y al cabo, lo contrario es engañarme y ser deshonesta; no estoy dispuesta a serlo.
Enero empezó siendo sombrío, pero acaba con luminosidad. Se despide después de haberme tomado un asqueroso capuchino en un bar, pero no pasó nada porque lo compensó la buena compañía. Cierra el telón tras un concierto de Marwan donde se combina la poesía con la música. Dice hasta el próximo año después de una carrera solidaria que cubrió de rosa La Laguna.
Loida Cabeza ©

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