Miseria





Soy una niña en mitad de la guerra, que aún sueña con que todo sea una pesadilla.

El problema es que no consigo despertarme, nunca nada vuelve a ser como antes.
Cierro los ojos lo más fuerte que puedo, tanto que llega a doler.
Cuando los abro solo veo miseria por culpa del egoísmo y vanidad del ser humano.


Algunos se aferran a cuerpos sin vida de seres queridos que no volverán.

Otros corren pisando cadáveres para poder salvaguardar sus existencias.

Hay a quienes el corazón les empieza a arder y se convierten en animales.

Y estoy yo, mirando cómo el lugar en el que nací y tanto quiero arde.



La tierra llora pidiendo auxilio que nunca va a llegar.

No quedan viviendas, todo se ha convertido en ruinas.

Los que han destruido vidas es porque no saben amar.

En medio del caos, ahora solo se escucha el más insufrible silencio.



Los pocos que sobrevivieron a la matanza se esconden.

No puedo unirme a ellos porque soy un saco de huesos que camina a duras penas.

Veo sueños rotos, un presente y futuro desolador.

Me dicen que huya, pero no puedo irme del lugar al que pertenezco.



Soy una niña abandonada entre la bruma de la muerte y pólvora.

El cielo ha apagado la poca luz que le quedaba.

Sólo queda un mar estrellado.

Me siento mareada del humo y todo a mi alrededor da vueltas.

Espero con resignación a la que la muerte tocara mi puerta.



Pero de repente, a lo lejos, me parece escuchar una voz.

No sé si es real o fruto de mi imaginación.

Todavía queda alguien convida.

Me dirijo aprisa hacia esa melodía, con una mínima esperanza.   



El suelo está temblando, a lo lejos se escuchan otra vez bombas.

Escucho de nuevo el sonido de los casquillos.

Pero mis ojos no ven nada.

Permanezco inmóvil.



Todo parece haber vuelto a la calma.

Vuelvo a escuchar esa voz.

Tengo que encontrarla.

No descansaré hasta hallarla.



Soy una niña que ha visto cómo un desconocido degolló a su familia.

Estoy completamente sola, por primera vez siento un profundo vacío.

Siento que cada vez más el final se acerca.

Quiero estar muerta.



Lo veo a lo lejos.

Alguien sin extremidades pide ayuda.

Intento correr lo más rápido que puedo.

Los huesos quebrados ya no me duelen.

Suenan las últimas palabras de despedida.

Piden que le ayude, pero no puedo.

Es demasiado tarde y estoy sola.

Nadie puede ampararnos.



El individuo sin nombre acaba de morir ante mis propios ojos.

Ya es habitual ver cómo la gente muere.

No me afecta, no suelto ninguna lágrima.

No puedo quedarme frente a otro despojo.



Quizás ya no soy una niña.

Sólo quedan mis palabras suicidas y revolucionarias,

aquellas que ellos trataron de asesinar sin eficacia.

Las que me dan leves esperanzas para seguir viva.

 Loida Cabeza ©

No hay comentarios:

Publicar un comentario